La pandemia: incertidumbres, violencias, cuidados, y género


En tiempos de epidemia y de incertidumbres, las violencias contra las mujeres baten récords, las mujeres están encerradas con sus maltratadores. A la vez son mujeres mayoritariamente quienes están en la primera linea de atención sanitaria.


El consenso social humanitario es absoluto, ante la pandemia lo central es la gente. Sin embargo “la gente” resulta una categoría neutra, insuficiente, para pensar en la diversidad de las personas que la conforman. Esta neutralidad que venimos interpelando demanda pensar las políticas en clave feminista para poner en el centro de la agenda de emergencia a la desigualdad y las mujeres, comprender que esta pandemia no es igual para todas y todos.


Dos condiciones para el análisis: la primera es el reconocimiento del impacto desigual y la importancia de reconocer en el centro de las agendas y acciones de emergencia esa desigualdad; y la segunda es el análisis de la desigualdad en sus distintas identidades y vivencias, y en éstas las mujeres y las intersecciones que las atraviesan. Es imperante interpelar las acciones y políticas de la emergencia en clave feminista.


En CISCSA[2] estamos convencidas de la necesidad de promover la solidaridad potenciada, lo colectivo, las redes comunitarias. Enfrentamos un fenómeno que se expresa con más virulencia en las ciudades y aún más en los grandes aglomerados, allí donde hacemos parte de las tramas urbanas de desigualdades obscenas, donde somos parte del tejido social y diverso. Transitar esta emergencia pavorosa del COVID-19 nos interpela como sociedad local y global. Estamos ante ciudades fragmentadas y desiguales, en las cuales los territorios de extensión de pobrezas se presentan como un mundo paralelo, con condiciones de hábitat deterioradas, con carencias de servicios, equipamientos, accesibilidad, lo cual expone a la población a mayores vulnerabilidades frente a la pandemia. Para quedarse en casa hay que tener una casa. Para lavarse las manos con frecuencia es necesario acceder al agua potable.


Judith Butler en su artículo “El capitalismo tiene sus límites”[3], se refiere a la desigualdad y preocupada por el aislamiento obligatorio plantea que el virus no discrimina, pero si lo hacen los humanos, resultado de “los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el capitalismo", y creo yo que hay que incluir en esta lista al patriarcado. Butler afirma que el virus se mueve y ataca, demostrando que toda la comunidad humana es igualmente frágil. Sin embargo no toda la sociedad recibe igual interés. No sorprende que las mujeres y disidencias no reciban la misma atención y asistamos así a una nueva reproducción de poderes en este contexto de emergencia sanitaria global.


No todas las personas experimentan de igual manera el encierro de la cuarentena al que obliga la pandemia. El aislamiento social agrava las situaciones de violencia. Hay diferencias en los riesgos que viven mujeres y niñas/os en entornos cerrados. Sabemos que las violencias machistas tienen mayor ocurrencia puertas adentro y que se potencian en situaciones de crisis. En estos momentos es aún más preciso estar alertas, cuidarnos, en cada familia, en el vecindario, en el barrio. La ciudad silenciosa permite escuchar: en el edificio, en el barrio, en la manzana incluso, hay mayor nitidez de los sonidos, se escucha cuando hay golpes, cuando hay gritos. Entonces la importancia de promover mas que nunca la vigilancia solidaria, la tolerancia cero a las violencias contra las mujeres y la infancia, contra adultos mayores. Cuidarnos es comenzar por cuidar nuestros primeros territorios: nuestros cuerpos. Para ese cuidar nuestros cuerpos es necesaria la condena y alerta colectiva de violencias y vulneración de derechos, violencias feroces que llegan al feminicidio, la mayor expresión del patriarcado y la dueñidad.


En paralelo, no dejar de interpelar la actitud de control autoritario, la vigilancia que está más atenta a denunciar al vecino que tose, o a quien saca a pasear al perro más allá de lo permitido, ese control ciudadano construido en el vigilar y castigar mas que en detener a los violentos.

El virus ataca a todos/as, sin embargo son las mujeres las que asumen el cuidado. Enfermeras, maestras, trabajadoras domésticas, farmacéuticas, jefas de hogares monoparentales, gestoras de comedores barriales, siempre atentas en la comunidad a las necesidades colectivas y a cargo en sus hogares del cuidado de las familias, las infancias, los adultos mayores, las personas con discapacidad. Son las que siguen postergándose por cuidar. Estas mujeres cuidadoras, a su vez, se encuentran en situaciones de desigualdad. Trabajan más horas, ganan salarios siempre menores que sus pares varones, y así, con su trabajo invisibilizado y devaluado, continúan manteniendo la reproducción social, hacinadas en lugares centrales degradados o en las periferias olvidadas de los bordes urbanos.


Al interior del colectivo de mujeres no somos todas iguales, no sólo hay diferencias económicas y sociales, sino etarias, étnicas, raciales, físicas, todas las cuales constituirán nuevos impactos diferenciales en la pandemia. Es importante que en la toma de medidas y acciones para enfrentar la pandemia no se confunda la interseccionalidad con una interpretación de la diversidad que subsume el género en un listado de rasgos potenciales de discriminación que acaban por difuminar la especificidad de las desigualdades entre hombres y mujeres (Sánchez de Madariaga, 2020).

Entre las intersecciones que nos atraviesan, la económica juega un rol decisivo en el contexto actual dado que la mayoría de las mujeres obtiene sus ingresos en el mercado informal. Si no trabajan no comen. Imaginemos por un momento la situación de hogares con niños/as con hambre, con adolescentes aburridos, interpeladores, violentos. Familias bajo responsabilidad única de mujeres, -hogares monoparentales que si bien crecen en toda la sociedad, son aún más bajo situación de pobreza-. Los hogares ensamblados, en donde las mujeres son las que sostienen el equilibrio de los vínculos -cuando lo consiguen-, así como el cuidado y las tareas domésticas en el encierro, muchas veces en situaciones de tensión permanente. Lo que más discusiones provoca entre quienes conviven es el reparto de las tareas domésticas. Entonces, cómo incluir en las campañas de la pandemia, el concepto de corresponsabilidad, contribuyendo a generar respeto, apreciando el trabajo doméstico, y poniendo en valor el compartir. Las mujeres, tengan o no hijos/as, son las cuidadoras por excelencia.


Sin embargo, son estas mujeres las que desde sus resistencias individuales y colectivas son también agentes de cambios. Las resistencias y resiliencias en las emergencias y crisis las empodera y transforman relaciones de poder establecidas. Solo corriendo riesgos y transgrediendo mandatos las mujeres han construido sus derechos.

Ante lo dicho cabe preguntarnos ¿Qué pasará en la postpandemia para quienes la superen? ¿Cómo reorganizar las vidas que pierden rápidamente el curso, casi en caída libre? La fórmula central parece ser volver a un Estado fortalecido con más inversión en la inclusión social en clave de género. Ante la crisis económica que se avisora, hay distintas miradas. Alicia Barcena, Secretaria de la CEPAL reflexiona sobre el modelo de desarrollo que resultara de esta crisis y dice que “si va a ser el capitalismo, muy bien, pero un capitalismo diferente, un capitalismo mucho más inclusivo, mucho más sostenible”. CEPAL estimó que América Latina crecería un 1.3%, sin embargo con la crisis del coronavirus se calcula una caída del 1.8% e incluso mayor. ¿Cuánta repercusión tendrán los más de 10 puntos porcentuales en los cuales puede incrementar el desempleo en las mujeres que ya son las más pobres?

Décadas de neoliberalismo, de autoritarismos, de iglesias convirtiéndose en partidos políticos, centradas en demonizar los avances y derechos ganados por el feminismo; en una sociedad con colonialidad del poder y que se reafirma en el patriarcado. Combinación perversa si las hay. Miradas diferentes contribuyen a reflexionar y emerge un consenso: es clave hoy poner en el centro de las agendas de los gobiernos de toda escala la inclusión social y de género, para paliar esta pandemia con políticas que tengan un sentido de justicia social que no deje a nadie atrás.


Artículo publicado originalmente por Ana Falú para la Fundación Heinrich Böll.

Ver en: https://cl.boell.org/es

[1] Ana Falú, Activista Feminista, Académica, Prof. Emérita Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Miembro Fundadora de la Red Mujer y Hábitat LAC y de la Articulación Feminista Marcosur. Directora del Master en Vivienda y Ciudad, Directora de CISCSA, Lider del Grupo Asesor para la Inclusion de Género de ONU Hábitat, Coordinadora del Núcleo de Genero de UNI ONU Häbitat, lider del GT de Mujeres y Diversidad de la Plataforma Global por el Derecho a la ciudad. anamariafalu@gmail.com

[2] CISCSA, Centro de Intercambio y Servicios Cono Sur Argentina /Women and Habitat Network of LAC / HC / AFM. Web: www.ciscsa.org.ar [3] Butler, Judith, published in Verso Books, 30 March, 2020.

CISCSA - CENTRO DE INTERCAMBIO Y SERVICIOS PARA EL CONO SUR ARGENTINA
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